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Somos lo que comemos?

Somos lo que comemos?

¿Somos lo que comemos?

 

Tengo la mala costumbre de dejar los libros a medias. Comienzo a leerlos, me sumerjo en algún proyecto y de repente, me olvidé del libro.

 

Meses después, me vuelvo a encontrar el libro y en su debido tiempo, logro terminarlo con calma y en un momento en que de verdad pueda disfrutarlo.

 

Muchas personas me juzgarán por hacerlo de ese modo, sin embargo, a veces pienso que no es casualidad cuando dejamos de leer un libro o el momento en el que lo retomamos. Es probable que en ese instante, no le estábamos logrando sacar ¨el jugo¨ como podríamos hacerlo en otro momento de nuestras vidas.

 

Comienzo con esto porque hace meses comencé un libro y lo terminé hace solamente algunas semanas. El libro es fácil de leer y corto, por lo que claramente fue que lo dejé guardado para terminar de leerlo en otro momento, en ÉSTE momento.

 

El libro fue escrito por Mariana den Hollander y su nombre es ¨El Peso que más Pesa¨.  Es la historia de la misma Mariana, quien narra sobre sus problemas con la alimentación, con su peso y sobre todo, con sus pensamientos. Un libro que de verdad los invito a leer si quieren indagar en lo más profundo del ¨dolor¨ que viven muchas personas debido a su peso y su imagen corporal.

 

Fue leyendo éste libro donde la autora plantea una pregunta que me quedó resonando: ¿somos lo que comemos?

 

Por todas las esquinas nos promueven ésta frase. ¨Somos lo que comemos¨-  Los productos saludables la incluyen en sus slogans, nos la repiten los y las nutricionistas y al final, claramente nos la terminamos creyendo. Pero desde mi opinión, realmente nadie cuestiona si somos lo que comemos.

 

Sin embargo, si vamos un poco más allá, es importante cuestionarse: ¿realmente somos lo que comemos?. Por ejemplo, si yo soy adicta a la comida ¨chatarra¨, ¿eso soy? Si a mi me cuesta incluir las ensaladas y vegetales en mi alimentación porque no estoy acostumbrada a una dieta saludable, entonces soy una persona INSANA? Peor aún, si no tengo acceso ni disponibilidad suficiente a los alimentos, ya sea por una situación política, económica o geográfica, entonces ¿eso me representa como persona? ¿alguien insuficiente, incompleta, con poco valor?

 

Es peligroso el hecho de repetirnos tantas veces una frase y ni siquiera cuestionarla. Hemos sido robots, totalmente pasivos ante una frase que realmente llega a definirnos.

 

Claramente la alimentación afecta todas las áreas de nuestra vida: la física, la emocional, la social, la química. Sin embargo, tenemos que desligarnos de esa relación enfermiza de que somos lo que comemos.

 

Somos mucho más que eso. Somos seres complejos que tienen sueños, proyectos, relaciones interpersonales, miedos, hábitos, emociones y  habilidades. NO somos lo que comemos. La comida y nuestros hábitos alimenticios son un área más de nuestra vida. Un área importantísima que debemos de pulir para tratar de que nuestro cuerpo responda de la mejor manera. Sin embargo, no podemos llegar al reduccionismo de creer que aquellos alimentos que llevamos a nuestra boca nos definen.

 

Es difícil a veces entender el infierno que muchas personas viven por la carga que la sociedad les pone en la espalda. La comida saludable se convirtió en una moda (ojalá existieran más modas como ésta!), pero al fin y al cabo: una moda.

 

La persona que no se acopla a esta moda, es etiquetada y juzgada.. y eso no es justo.

 

No somos lo que comemos. Somos MUCHO, MUCHO, más que eso.

 

 

Mi papá, mi primer amor.

Mi papá, mi primer amor.

Algunas personas me han preguntado de dónde sale la idea de Salutem, es muy simple: de mi primer amor.

En el año 2005, diagnosticaron a mi papá con celiaquía, una enfermedad que si para este momento sigue llena de controversias, para ese momento era una enfermedad envuelta en ignorancia y desinformación.

Supimos que mi papá era celiaco después de que creíamos que tenía múltiples tipos de cáncer. A la hora de darnos el diagnóstico, realmente brincamos en un pie porque cualquier cosa era más favorable que un cáncer.

Sin embargo, admito que jamás nos imaginamos lo que nos esperaba como familia. De repente, nos dimos cuenta que cuando llegábamos a los restaurantes, los saloneros no tenían idea de lo que era el gluten, mucho menos, cuáles alimentos lo contenían.

En el supermercado, no era como ahora. La sección de productos sin gluten no existía y con el tiempo, cada vez que introducían uno, celebrábamos con euforia, sin ignorar el hecho de que los precios eran tres veces más altos que el de los productos con gluten y el sabor, casi siempre tres veces menos rico.

Las crisis de mi papá lo hicieron pasar del típico papá gordito y abrazable, a un señor flaquito y con ojeras. No era esa pérdida de peso que la mayoría quieren, era una pérdida de peso que lo dejaba todo el día en la casa por la cantidad de diarrea que tenía y que no le dejaba energía ni para trabajar.

Entendí entonces que yo, estudiando nutrición, era posiblemente la que más le podía ayudar en ese momento de incertidumbre. Escogí el tema de celiaquía en todos los trabajos de investigación para obligarme a leer y a averiguar. Tuve varias entrevistas con profesionales que conocían más del tema y poco a poco, empecé a aportar mi granito de arena para que mi papá se sintiera mejor.

Al principio, fue demasiado difícil. Cuando a uno le dicen que tiene que dejar de consumir no solamente pan y pastas sino también, salsas, condimentos, embutidos, licores y muchas cosas más que son parte de nuestra dieta, la primera reacción siempre es hacerse de oídos sordos. 

Cuando mis recomendaciones se las empezó a dar una doctora, mi papá entendió que el tema era serio. Decidió dejar de ¨pecar¨ con productos que sabía que no le caían bien, empezó a hacer preguntas incómodas en los restaurantes aún cuando la mayoría de los saloneros no le tenían respuestas.

Llegó hasta el punto en que tuvo que optar por dejar de comer afuera y buscar que le cocinaran en su casa para así evitar la contaminación cruzada.

Fue ahí donde entendí el problema. Casi me atrevería a asegurar que no existe más de uno o máximo dos restaurantes en el país que se preocupan por la contaminación cruzada.

Comprendí que no era viable que los restaurantes tuvieran dos cocinas, usaran dos microondas, tuvieran sartenes separados o cuidaran los condimentos.

Más triste aún, entendí que la celiaquía era un negocio. Que los productos sin gluten eran solamente para la gente de clase alta, que los restaurantes cobraran el doble por una pasta de arroz en vez de una pasta de trigo y que de repente, la salud tenía precio y era caro.

Fue de esa impotencia de donde surge la idea de Salutem. Realizar una cocina libre de gluten y lácteos (sí, porque mi papá tampoco tolera los lácteos y estoy segura que no es el único), que asegure que no existe ningún tipo de contaminación cruzada.

Un compromiso con el paciente celiaco y sus familias de que cada ingrediente es estudiado con cuidado, que cada proveedor tiene que demostrar que no hay gluten en sus productos y sobre todo, que no van a existir precios abusivos que limiten a aquellas personas que tras de que ya tienen que enfrentar esta enfermedad, tienen que sacrificar sus ahorros para poder sentirse bien día a día.

Es un compromiso también a ir aumentando el menú, a ir buscando recetas y sobre todo, a seguirnos informando para poder ayudar a todas las personas que se sienten incomprendidos dentro de una sociedad que se alimenta de pan y galletas.